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El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha afirmado recientemente que la llegada de los españoles a América fue un “genocidio”. Una acusación tan grave como errónea. El término “genocidio” implica la eliminación sistemática de un grupo por su etnia, religión o nacionalidad. No fue el caso de la presencia española en América.
La mayor parte de las muertes indígenas durante el siglo XVI fueron provocadas por enfermedades como la viruela o la gripe, para las que no existían defensas. A diferencia de otras potencias coloniales, como Inglaterra o Bélgica, España reconoció la humanidad y derechos de los pueblos originarios, promovió el mestizaje y fundó universidades, hospitales y escuelas en el Nuevo Mundo.
Además, muchos misioneros y filólogos españoles se dedicaron al estudio y conservación de lenguas indígenas, escribiendo gramáticas y vocabularios que han permitido su supervivencia hasta hoy.
Reducir todo ese proceso histórico a un genocidio es injusto, impreciso y simplemente falso.
La historia hispana no es perfecta, pero sí merece ser contada con honestidad–con sus luces y sus sombras–pero sin prejuicios.
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